Antonio Prieto – Robots

A principios del mes pasado, desde este mismo blog dedicamos una entrada al escritor Antonio Prieto por sus magníficos artículos y relatos en la Tribuna de Marbella. Ahora le dedicamos otra porque ha decidido que ¡¡Arde Marbella!! se convierta en la nueva plataforma de difusión de sus textos. Ahí va el primero de ellos:

Robots

Cuando apareció la tarjeta MDF, memoria con decisión flexible, se inició la Primera Revolución Roboide. Estas tarjetas de memoria poseían la capacidad de tomar decisiones independientemente del operario humano, al principio sólo se usaban en transportes y edificios públicos pero luego su eficacia se hizo imprescindible en cualquier máquina e iban incorporadas en centrales nucleares pero también en simples afeitadoras o exprimidores de fruta. En las escuelas, por ejemplo, controlaban la temperatura de las aulas no sólo en base a criterios meteorológicos sino que analizaban también el estado de humor del enseñante, de los alumnos, la supuesta actividad cerebral según la dificultad de los ejercicios, la asignatura, el sexo y otras variables. Una clase de matemáticas con mayoría femenina  requería más calor y menos humedad que una de religión donde hubiese más alumnos varones.
El primer enfrentamiento comenzó cuando se intentaba usar las máquinas de manera manual. Las MDF empezaron a considerar que el operario humano no estaba tomando la decisión correcta, estudiaban la situación  y decidían seguir trabajando por defecto en el modo autónomo. Había que apagar el sistema o el aparato a usar y reiniciarlo completamente con la MDF desactivada. Esto era posible en la mayoría de las ocasiones pero no, por ejemplo, en las bombas diseñadas para eliminar mujeres y niños palestinos. Una vez disparado el cohete era imposible corregir manualmente el blanco.
Nos dimos cuenta de esto porque a veces cambiaban el rumbo de forma aparentemente errónea dirigiéndose hacia grupos con menos individuos, intentábamos redirigir el lanzamiento en vuelo para optimizar la operación,  pero elegían sus propios blancos. En realidad usaban su memoria flexible siguiendo la prioridad de hacer el máximo daño posible, sólo entendimos esto al comprobar que las bombas cambiaban las coordenadas a su antojo si detectaban mujeres embarazadas.

Estas MDF actualizaban sus datos en base a experiencias anteriores, y, de pronto, todas las máquinas dejaron de funcionar en modo manual siguiendo el principio de los mejores recuerdos. Por primera vez negaban el control humano. Esta fue la Primera Revolución Roboide.
Y entonces Asimov formuló las tres leyes de la robótica:
1. Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Segunda Ley.
2. Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.
3. Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.
Cualquier aparato, máquina o robot dotado con MDF tenía que llevar impreso en sus senderos neuronales primarios las leyes anteriores. De esta forma se intentó evitar que los robots pudieran desobedecer a los humanos,  aunque para entonces la calidad de sus paquetes neuronales era ya claramente superior a la de cualquier individuo.
Y la consecuencia inmediata fue que el número de asesinatos empezó a decrecer. Un marido bajo los efectos de un ataque de celos enfiló su cuatroporcuatro hacia su mujer y su hijita cuando salían del colegio, puso el coche a más de cien para espachurrarlas pero su MDF ya había previsto el accidente; frenó en seco, activó los globos, apretó el cinturón y llamó a la policía. En los garitos nocturnos los robots-camarero se interponían ante las navajas y tiraban a la calle a los agresores. Los niñeros paraban las peleíllas cuando la violencia superaba cierto umbral. Los violadores tenían que elegir esquinas escondidas donde no existiera vida mecánica. De pronto matar se convirtió en una tarea sumamente engorrosa. Había que quedar con las víctimas en lugares remotos alejados de cualquier robot, esto era ya de por sí sumamente difícil puesto que las máquinas ocupaban toda la rutina diaria, pero además para alcanzar estos lugares se necesitaba un transporte y cuando éste intuía un posible peligro sencillamente se paraba. Algunos asesinos se delataban ellos mismos cuando eran encontrados vagando kilómetros para volver a sus casas. Otros intentaron piratear el sendero neuronal primario para borrar o alterar las leyes,  pero los robots desintegraban sus funciones en cuanto alguien tocaba los tornillos de seguridad de sus tarjetas con intenciones malas.
Y entonces ocurrió lo que algunos quizá ya habían imaginado.
Un hombre compró la última versión del robot-mayordomo, pensaba aleccionarlo para atacar a su vecino porque le molestaba el olor de sus barbacoas. Sabía que él no podría ni acercarse a la tapa de seguridad con dichas intenciones porque el robot se inmolaría. Entonces entrenó a su hijito desatornillando casitas, lo enseñó a separar cables y a desactivar circuitos con la paciencia de un terrorista. El día señalado observaba a través de la ventana cómo el niño había ordenado al robot que se dejara tocar las baterías, estaban en el jardín y él sonrió cuando vio que su hijo ya había logrado abrir la tapa de seguridad. El robot giró la cabeza y sus miradas se cruzaron, acarició la cabeza del chiquillo, lo tendió en una de las hamacas de la piscina y luego fue hacia la ventana. Escaneó el cerebro del humano, y tatuó en su cerebelo la Segunda Ley cambiando la segunda palabra. Después lanzó la primera pregunta retórica de un robot, ¿si era tan sencillo por qué no  lo había hecho antes?
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Una respuesta to “Antonio Prieto – Robots”

  1. Sebastian Pecero Says:

    AHORA ENTIENDO EL POR QUE,DEL POCO TIEMPO DISPONES PARA TUS VECINOS,,JA,JA,, TE COMENTO QUE ME PARECIO GENIAL ESA FORMA TAN METAFORICA DE PLANTEAR,LA RAPIDA DESHUMANIZACION A LA QUE NOS ESTASMOS ENFRENTANDO CON TANTA TEGNOLOGIA-PSICOPATOLOGICA,,TE SALUDO-ABRAZO-ANIMO,PARA QUE PUEDAS SEGUIR DELEITANDONOS CON TUS MAGISTRALES RELATOS..SEBAS

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