Antonio Prieto – Lluvia

Lluvia se llama el relato que Antonio Prieto nos brinda hoy. Desde mediados de diciembre lleva cayendo sin parar. Era obvio que no iba a tardar en convertirse en fuente de inspiración.

Sea como fuere, absolutamente nada tiene que ver este brevísimo texto con las inundaciones de estos días; inundaciones, por otra parte, que en Marbella y otros municipios meridionales esconden más de lo que se ve o intuye a simple vista. Habrá que reflexionar sobre el tema. Mientras, aquí tenéis lo nuevo de Antonio Prieto, el tercer relato que publica en esta plataforma de difusión:

Lluvia

Día lluvioso.
Cuando sonó el despertador ya llevaba un rato esperando. Miraba a lo oscuro y sólo tuvo que alargar el brazo para apagarlo. Le pasaba últimamente. Si no se levantaba antes era porque no tenía nada que hacer. En realidad daba igual las cinco de la mañana que las siete de la tarde. No hacía nada. Si seguía yendo a la administración era por no tener ocho horas más de desidia.
Se concentró en las gotas del café cayendo. El filtro amarronándose. El agua humeante. La cafetera estertorando con bronquitis. Se le ocurrió que las máquinas también se cansaban. Vio que la pantalla no tenía sonido y que había estado así toda la noche. Mejor, no la apagaría nunca más. Que también se cansara hasta extinguirse. La cafetera acabó a las 6.59, vendrían las noticias. En un minuto. Anticipó algún atentado, otra mujer muerta, una paparrucha del gobierno, alguna tontería donde siempre, y el tiempo cambiando por fin. Viento y tormenta. La oscuridad de la terraza y el repiqueteo de  la lluvia le confirmaron que este era el día. Había pensado mucho en la forma. También en el porqué. Pero no tenía las respuestas. Era ya un aburrimiento tedioso, rutina repetida, vida recta. La decisión estaba tomada. Se requería un cambio radical.

El ascensor no estaba, un minuto y medio más. Se examinó en el espejo, no apreció cambios en su semblante. Contó la respiración hasta abrirse la puerta. El mismo ritmo de siempre, alteración cero. La oscuridad del cielo era negra, las nubes ensombrecían aún más el ambiente. Nadie en la calle. Era el día.
Se acercó al paso de cebra y se situó justo detrás del anunciador. Marcaba las 7.20, como todos los días. Seis grados, eso era diferente. Normal con este tiempo. Quien situó la papelera allí debajo del termómetro  era un inútil. Tapaba la visión de los vehículos que venían y era obligado asomarse metido en la carretera, tampoco los conductores podían ver a los peatones hasta que estos no estaban ya en la calzada. Y el tiempo no ayudaba, con la lluvia rebotando en el asfalto gris, las ruedas levantando bruma. Era el día. Calculó el impulso necesario para que el impacto fuera en el centro del carril, que no hubiera posibilidad de salvarse. Prefería un camión, mucho mejor que un autobús, quizá el conductor ni siquiera  escuchara el golpe con la tormenta. Sólo había que esperar a que apareciera.
Se retrajo unos pasos para ojear a lo lejos y calcular la trayectoria. Tuvo suerte, venía uno grande, de esos que llevan un morro enorme. Los faros dibujaron dos conos amarillos en el agua que caía, incluso le pareció bonito. No eran ni y veinticinco. Todo le estaba saliendo bien.  La vieja amagó un paso lento sacando la cabeza, pero el empujón fue certero. El bulto desapareció brutalmente. Después varios coches lo zarandearon como un fardo. Acabó a lo lejos sin apenas distinguirse, la lluvía continuaba y la circulación no se alteró.
Sintió el corazón fuerte debajo de la gabardina, quizá la boca seca, un ligero hormigueo en el estómago. Vivo. Concluyó que había resultado más fácil de lo imaginado, y cuando cruzaba con atención fue consciente de una sonrisa. Pero en seguida la borró y otras muchas variantes empezaron a ocupar sus pensamientos. Definitivamente le esperaba todo un futuro alentador.

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